Cómodas mensualidades

Hay una esquina de París en la ciudad. Se localiza en 5 de Febrero y Venustiano Carranza, a espaldas del antiguo edificio del Ayuntamiento. Comenzó a formarse en 1888, cuando un grupo de inversionistas franceses levantó en esa esquina el imponente edificio de El Palacio de Hierro: una construcción de cinco pisos, desde la que podía dominarse “todo el caserío de México”.

La estructura de aquel edificio —diseñado por los hermanos Eusebio e Ignacio de la Hidalga— fue la primera de hierro fundido que hubo en el país. De acuerdo con la tradición, la gente que miraba la obra, exclamaba con sorpresa: “Mira… ¡están construyendo un palacio de hierro!”.

Por esa causa, los dueños del almacén decidieron despojarlo de su antiguo nombre, Fábricas de Francia, e imponerle el que la publicidad gratuita, en voz popular, le hacía.

La prensa de finales del siglo XIX registra minuciosamente el impacto que aquel nuevo “cajón de ropa” tuvo en la ciudad. Terminaba el sistema de mostradores a cargo de un dependiente, por lo general, hosco, tramposo, desaliñado. Terminaba, también, la era prehispánica del regateo: iniciaba la edad del crédito, que se anunció en los diarios porfirianos con una frase endemoniada: “cómodas mensualidades”.

Aquel nuevo estilo comercial disponía de empleados correctamente vestidos, de productos dispuestos de manera atractiva, y de ambientes agradables, suntuosos que, entre alfombras, cortinajes y luz a raudales, invitaban, como nunca antes, al consumo. Aparecía una nueva forma de “estar” en la ciudad.

Los grandes capitales no tardaron en sentir apetito por los vórtices de la moda. En 1896, Signoret Honorat y Cía, levantó en contraesquina de El Palacio de Hierro un edificio de mármol rosado, cuyo sólido y respetable cascarón sigue en pie en la actualidad: Al Puerto de Veracruz.

Se trataba de un rutilante almacén encargado de hacer llegar a la ciudad de México las “novedades” que, mes tras mes, los vapores desembarcaban en Veracruz. Calzado americano y francés, encajes, guantes, sedas, casimires, listones, hilos, peinetas y horquillas para el pelo.

Algo poderoso se agitaba en ese rumbo: en 1908, Las Fábricas Universales, de Reynaud y Cía, se apropiaron de la esquina suroriente, y construyeron otro almacén inmenso, el que es acaso el edificio más extraordinario del antiguo corredor comercial porfiriano.

El dueño de las Fábricas había entregado a Miguel Ángel de Quevedo unos planos diseñados en París. Le ordenó que los ejecutara. Surgió así un prodigio del Art Noveau, al que remata un domo calcado del boulevard Haussmann. Vale la pena ir al Centro, sólo para verlo: juro que el edificio les hará guardar un segundo de silencio.

Un simple detalle anecdótico informa sobre la belleza de esta construcción: cuando Las Fábricas Universales fueron inauguradas, los dueños de El Palacio se pusieron a temblar de envidia, y decidieron lanzar su resto. Hicieron remodelar su propio edificio, sólo para añadirle una cúpula semejante. No sólo eso: también colocaron dentro de ésta un potente faro giratorio que —el colmo de la novedad— cada noche lanzaba un haz de luz sobre el firmamento.

El novelista español Julio Sesto dijo que en la actual esquina de 5 de Febrero y Venustiano Carranza, la ciudad de México poseía su Palacio Municipal del Lujo, su Alcázar del Ensueño: almacenes con mesas y aparadores “atestados de encantos”.

El 15 de abril de 1914, El Imparcial anunció en grandes titulares: “Un torbellino de fuego destrozó anoche El Palacio de Hierro”. En un aparador decorado con telas, un falso contacto había propiciado el nacimiento del incendio. La construcción se redujo a escombros en menos de una hora. Sólo se salvó una puerta de herrería, que hoy se encuentra colocada en la entrada de personal del nuevo edificio (reinaugurado en 1921).

La dictadura había terminado tres años antes. La revolución tenía el país en llamas. Aquel incendio fue leído por muchos como el final emblemático del mundo soñado por don Porfirio. El viejo dictador quiso traer París a la ciudad de México. Sólo logró importar una esquina. ¿Será que la seguimos pagando en cómodas mensualidades?

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